
El último año de instituto, nos enviaron a la orientadora para que hablara con nosotros sobre nuestro futuro académico.
Hay quien cree que, si te paras a pensar bien, eres capaz de decidir sobre tu destino. Que tomando el camino acertado está todo resuelto. Como si, una vez que ha germinado la semilla, el podarla de un modo u otro determinara que le salgan melocotones o fresas.
Yo creo más bien que la vida es como un mar y nosotros un velero. Podemos regular un poco el timón, pero no gobernar el viento que sopla en nuestras velas. Podemos trazar un rumbo, pero no seguir un itinerario preciso.
Aún así, lo cierto es que a esa edad tienes que tomar una decisión muy comprometedora, porque la profesión a la que quieras dedicarte normalmente va a marcar muchos aspectos de tu personalidad y del devenir de tu vida.
No recuerdo nada de aquella conversación con la orientadora, salvo una frase que a veces me viene a la cabeza en días como hoy:
"Al final, una se ha de enfrentar a los problemas sola"
Supe que no me estaba hablando de la universidad. Me estaba hablando de la vida, aunque puede que más de la suya que de lo que se esperaba de la mía.
Terminé estudiando enfermería.
Todavía me cruzo con aquella mujer, vive cerca de casa de mi madre. Tiene un perro que se le parece mucho.

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